Fui a Pica en un viaje a exprés para acompañar a mi mamá en la muerte de mi única abuelita el diciembre pasado. Me enteré de la noticia mientras me encontraba con mi familia en Licanray en una asamblea de familias pastorales. Tuvimos que viajar a Concepción y de Concepción me fui a Santiago y luego hasta Iquique en un largo viaje por tierra. En total sume 39 horas de viaje hasta llegar a mi destino.
En Iquique mis padres me estaban esperando para poder irnos a Pica. Cuando llegué, nos dimos un abrazo y luego nos fuimos a comer algo. Llegamos a una pizzeria para servirnos algo rápido, aprovechar de conversar y luego seguir el viaje a nuestro destino. Pero el problema fue que cuando buscábamos un asiento, no encontramos nada. Todas las mesas del lugar estaban ocupadas, había una fila esperando para pedir pizzas y nosotros no teníamos un lugar. Mirando hacia todos lados tratábamos de estar atentos a una mesa que se desocupara. De repete mi padre miro una mesa donde había una pareja, señalo el lugar y con mi mamá nos miramos un poco extrañados como diciendo: “la mesa está ocupada, no creo que quieran que nos sentemos al lado de ellos”. Pero lo jóvenes no se hicieron problemas, nos dijeron: - siéntense nomás -. Así que, nos sentamos a su lado, y estado allí no teníamos otra opción que conversar.
Para mi papá es algo natural conversar con desconocidos: les habla, pregunta, plantea un tema de conversación con facilidad. Mi mamá es más tímida, habla poco y yo heredé bastante de eso. Pero ya que estábamos allí, aprovechamos la oportunidad para interactuar. La chica muy simpática, nos comentó que era profesora de biología, la pareja era geólogo; la chica era nacida y criada en Iquique y la pareja era de Calama. Estos puntos fueron de bastante conversación con ellos, mientras seguían comiendo sus pizzas y nosotros esperábamos nuestro pedido. La conversación fluyó, resulta que el joven había estudiado un tiempo en el colegio adventista de Calama y conocía a los adventistas. Como casi siempre pasa, cuando dije que estudié teología y que era pastor les llamó bastante la atención, sobre todo a ella que nunca había conocido a alguien que estudiara teología. Seguimos conversando del sistema de educación actual, de Iquique, de Calama y por su puesto de Pica.
De repente nuestras pizzas estaban listas y bajé del piso donde estábamos a buscarlas, volví y seguimos compartiendo un rato más. El tiempo paso rápido y los chicos debían irse, pero antes cuando estábamos a punto de comer hice la oración agradeciendo los alimentos y por conocer a los chicos. Ellos muy respetuosos guardaron silencio y no se hicieron problemas cuando les pregunté si podíamos orar y acompañarnos. Para ellos seguramente era extraño orar allí en un lugar público, pero habíamos ganado su simpatía.
Mi papá (como siempre lo hace con las personas), aprovechó de invitarlos a la casa en Pica, ellos aceptaron con gusto, intercambiaron números de teléfonos y los chicos se retiraron bien contentos y agradecidos de poder conocernos. Nos despedimos deseándoles lo mejor y recordándoles que había una invitación para ellos.
Predicar el evangelio es tan sencillo como atreverse a sentarse en una mesa e interactuar con otra persona desconocida. Pero vivimos en un mundo ensimismado. Somos tan individualistas que siquiera hablarle a otra persona nos parece extraño, que la molestamos, porque a nosotros mismo no nos gusta que un desconocido nos meta alguna conversación. Pero hay ocasiones donde para poder llegar a otros debemos romper el esquema social, dejar de lado nuestros propios prejuicios, miedos y simplemente mostrar simpatía como lo hizo Jesús.
Reflexionando con mi papá en un día posterior mientras regábamos unas plantas, él me preguntaba: ¿Porque la iglesia no hace obra misionera si es tan simple? Yo pensaba en todos los factores: tibieza espiritual, falta de interés misionero, poca identidad, no tener las herramientas, miedo etc. pero mi papá me lo hizo muy sencillo. Me dijo: - Yo creo que no se hace obra misionera porque las personas no lo vuelven un estilo de vida – entonces me recordó a estos jóvenes de la pizzeria. – mira conversamos con ellos, yo los invite y cuando vengan, porque van a venir, yo les voy a predicar el mensaje -. Tan simple como eso, el método de Cristo de ganarse la confianza de las personas nunca ha fallado y nunca fallará. Ganarse la confianza de la gente y ser simpáticos con ellas siempre dará su fruto espiritual.
Hay muchas oportunidades que se nos presentan en el día a día, el problema es que nosotros no la aprovechamos. Si la predicación se volviera un estilo de vida, no nos tendríamos que forzar a nosotros mismos y a la iglesia cada sábado a ir a la acción misionera, porque día a día ya lo hicimos. El espíritu de profecía señala: “Dios da las oportunidades; el éxito depende del uso que se haga de ellas” PP, 357.
Seremos exitosos como iglesia y cumpliremos la predicación del evangelio cuando hagamos de la obra misionera nuestro estilo de vida y aprovechemos las oportunidades.

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