Madre

 


Ternura de rocio, dulzura de miel
Fragancia de blancas azucenas 
¡Cuidaste de mi!
Cuando la luz cubrió por primera 
vez mi piel tersa.
Frágil soy, como un cántaro de greda
más en tus firmes brazos y
delicadas manos de cristal,
me mesías al viento solano
¡Cuán seguro estaba en tu regazo!
de rosas y alondras,
hoy te recuerdo con nostalgia eterna
en un laberinto de emociones encontradas.
Dulce madre, despiertas en mi
mil tesoros de pensamientos afables
¡Como amaneceres de oro purísimo!
gracias a Dios, que te hizo fértil, como a 
árbol plantado junto a corrientes de aguas.
Gracias por tu amor alegre y diáfano 
como la aurora del metal bruñido.
Tu carácter como de arco iris
eres más bella que los diamantes
y más fragante que mil rosas 
¡Oh! gratitud a Dios
por tu mirada contemplativa,
destellando mil amores.
Tu amor sereno es un oasis en mi vida. 
Tu risa, como cascada de alegría
desde tus trémulos labios brotaba sabiduría
que aún conservo en los surcos de mi conciencia.
Me han dado dicha en los senderos de mi vida.
¡Te amo por siempre!
¡Vives aún en mi corazón!
¡Madre mía!



Autor: Ramón Díaz Caqueo

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