Ese día quedó grabado en mi memoria para siempre. Las emociones fueron muchas y no me imaginaba que iba a impactar tanto a todos los compañeros.
Era un miércoles en la facultad de teología. En la UNACh los teólogos son los únicos que tienen clase solo en las mañanas. Te queda toda la tarde libre, que en general era aprovechada para muchas cosas, menos para estudiar. A veces, con tanto tiempo, uno no sabe qué hacer y lo mejor es jugar a la pelota, dos o tres partidos, ir a la cena, conocer a la idónea y compartir con los amigos. Pero ese día iba a ser distinto.
Comenzamos las clases a las 8:00 y, como de costumbre, paramos nuestra jornada académica para subir al aposento alto, que era el salón de teología ubicado en el segundo piso. A la hora de la facultad todos los cursos asistían. El primer año éramos los más numerosos. 50 habíamos quedado en la facultad ese año y toda la facultad era de alrededor de 120 estudiantes de teología. Todo iba normal en la reunión. Generalmente se abordaba alguna temática ministerial, había algún pastor invitado y se entregaba información.
Cuando terminó la reunión, el secretario académico de la facultad solicitó que todos los estudiantes de primer año se quedaran un tiempo más. El solo hecho de hacer esa petición delante de todos ya anunciaba algo negativo. Obedientemente nos quedamos y nos fuimos adelante del salón. El pastor secretario, con el ceño fruncido, comenzó a decirnos que había un problema serio con nosotros. Invito al encargado de TI que ve la red de wifi y nos explicaron que habían descubierto que los nuevos alumnos de teología estaban viendo pornografía. Resulta que toda IP queda registrada al usar el wifi y, en las nuevas que venían ingresando, descubrieron el uso constante de páginas pornográficas. Pero como no sabían a quién pertenecía la IP, tendrían que hacer algo con nosotros.
El pastor mencionó que eso era lamentable en un futuro pastor y, por lo tanto, la medida sería sacar de forma inmediata a los nuevos alumnos. Y para eso, se realizaría una prueba de selección para eliminar a la mitad del curso. Esta prueba se efectuaría al día siguiente y todos teníamos que estar preparados. Ninguno de nosotros dijo nada. Solo nos miramos y nos sorprendimos de lo que estábamos escuchando. Cuando terminó la reunión, comenzaron las bromas. ¡El que esté viendo que confiese! Salimos de allí con la incertidumbre de lo que acababa de pasar. Algunos eran incrédulos; otros se lo tomaron bien en serio. Los más adultos creían que no se podía hacer eso. Uno se acercaba a alumnos de otros cursos y todos te decían que el año pasado había pasado algo similar y varios chicos tuvieron que dejar la carrera y devolverse a su casa.
No había cómo saber si era cierto o no lo de la prueba. Después del almuerzo nos llegó la noticia del decano. Acelerarían los procesos y la prueba se realizaría esa misma tarde. Varios se pusieron a estudiar. Los que somos de esa generación recordamos a algunos compañeros que en su preocupación confesaron lo que estaban haciendo. Uno en particular dijo: “Sabes que yo estaba navegando en internet y de repente se abrió una página y me quedé mirando”. Este último fue donde el decano a confesar el pecado y creo que por eso decidieron adelantar la prueba para el mismo día.
Con mi grupo de amigos no sabíamos si creer o no creer. Lo que sí sabíamos es que no estábamos preparados para una prueba de conocimiento en ese momento. “Que sea lo que Dios quiera”. Si hay que irse, nos vamos, colportamos y luego volvemos a postular a la facultad. Había convencimiento al menos del llamado pastoral. Otros compañeros hablaron con sus padres para expresar su preocupación por lo que estaba pasando. La situación era complicada; todos teníamos el sueño de llegar a ser pastores y no queríamos que se acabara en ese momento.
Cuando llegó la hora de ir a la facultad a rendir la prueba. Nos llevaron a una sala y nos sentamos. Cada uno recibió la prueba y nos dieron una hora para poder resolverla. Cuando la vi y comencé a leer las preguntas, me di cuenta de que estaba perdido. Había preguntas imposibles y absurdas. Recuerdo una que decía: ¿Cuánto mide el pozo de Jacob? ¿Cómo saberlo? Hasta el día de hoy no sé cuánto medía el pozo de Jacob. Una pregunta absurda decía ¿Cuánto mide el arca de Moises? ¿será una broma? ¿se refiere al arca del pacto? No lo sabíamos. Otra decía: explica las 2300 tardes y mañanas sin Elena de White. Aunque siempre fui adventista, nunca entendí a Elena de White. Cuando la nombraban en la iglesia y el predicador decía: “como dice Elena de White” o “la hermana White”, pensaba que era una hermana de mi iglesia local que había muerto hace años, pero había dejado un escrito, o se habían recopilado fuentes orales de sus sermones que ahora eran valiosos. Recién entendí el ministerio de Elena de White cuando leí sus libros después de vender libros. Colportando valoré el espíritu de profecía.
El tiempo pasaba y alcancé a responder algunas preguntas, quizá la mitad. Miraba a mis compañeros. ¿Habrá alguien que haya respondido todo? No tenía cómo saberlo; si cruzaba la mirada con alguno, solo veía dudas. Siempre hay uno que entrega primero su prueba. Cuando este compañero se levantó, pasaron unos 5 minutos y nos quitaron las pruebas a todos. Teníamos que esperar la revisión y luego nos dirían quiénes se quedarían y quiénes tendrían que dejar la facultad. Nos pusimos de pie y todos concordamos en que la prueba era ridículamente absurda. Preguntas imposibles; quizá nadie había respondido más de la mitad. Pero ¡el pozo de Jacob! ¿Quién va a saber eso? Todos estábamos entregados a lo que Dios quisiera.
Después de un rato, se abrió la puerta y entró un pastor; nos dijo: “Tenemos los resultados y quienes sean nombrados en esta lista pueden permanecer en sus asientos y a quienes no, vamos a pedirles que tomen sus cosas y se retiren de la sala y la facultad. Comenzó a nombrar a los compañeros; la tensión subía en ese momento; solo había una espera silenciosa. Mis pensamientos me daban vueltas: “Que digan mi nombre, que digan mi nombre”. El corazón me latía más fuerte y, en un momento, el pastor dijo: Esteban Díaz. Sentí un alivio, pero varios compañeros, amigos míos, no fueron nombrados. Tomaron sus cosas y salieron de la sala. Nos quedamos observándonos con los que quedaron. Pasó un minuto y volvieron a entrar con una sonrisa; junto a ellos estaban los compañeros de la generación anterior con una cámara. Dijeron: “Bienvenidos a la facultad”. Todo era una broma, un mechoneo. Quizá el mechoneo psicológico más perfecto en el cual he participado.
Era una broma; reímos, pero no todos. En medio de la alegría y la celebración de que todo era mentira, un estudiante se alteró. “El soldado” como le decíamos, perdió el control. “¿Cómo se les ocurre hacer una broma de ese tipo?”. Mientras hablaba, su voz se quebraba, los ojos se le pusieron rojos y lágrimas salían sin parar. “Yo llamé a mi papá y a mi mamá. Les conté lo que estaba pasando y ahora me dicen que es una broma”. “Esto no se hace. Voy a quejarme con la facultad. ¿Cómo es posible?”. Algunos trataron de calmarlo; otros le dijeron que para qué le daba tanto color. Pero el soldado insistía; estaba indignado; no le parecía que, como futuros pastores, se hicieran esa clase de bromas. El momento divertido se volvió tenso. El pastor trató de calmar al soldado y después de conversar con él aparte lo logró.
Salimos de la facultad sorprendidos. “El mechoneo bueno”. Tocó un tema relevante. Si se miran las encuestas pastorales, siempre hay un gran número de pastores que consumen pornografía. El 2024, el grupo Barna encuestó a pastores norteamericanos y un 67% dijo haber tenido problemas con la pornografía en algún momento de su vida. Un 26% de los pastores jóvenes confiesa luchar con la pornografía actualmente y un 86% admite que el consumo de pornografía entre los pastores es frecuente.[1] Es un mal silencioso que afecta a todos. Más allá de las risas, pensando hoy, he visto que pastores considerados exitosos, mostrados como ejemplo, han estado atrapados en este problema. La adicción es algo de lo cual no puedes librarte sin ayuda. Reconocer y pedir esa ayuda, mostrar tu vulnerabilidad, es el primer paso para ser libre y fuerte en Dios.
Al día siguiente continuamos nuestros estudios con normalidad. Pero de vez en cuando volvía el tema del mechoneo pornográfico. Las bromas no faltaban; recordar a los compañeros y lo que pasó es inolvidable. Hasta el día de hoy, cuando nos juntamos con algunos amigos y recordamos este episodio, nos reímos y evocamos la Facultad Triple X.
0 Comentarios